Hay un proyecto que año tras año llega a Santander y llena el verano de circo, es el Circo Quimera de Raúl Alegría. Esta semana nos acercamos al Sardinero a disfrutar (y a sufrir) con el más difícil todavía. Nada más entrar en la carpa y empezar a ver los llamativos colores de los maquillajes, los vestidos y las luces y sentir el olor a palomitas, uno comienza a intuir una transformación interna, a hacerse niño para sumergirse de nuevo en el mundo de los sueños e ilusionarse con la magia que lo envuelve todo. El mundo de los adultos se queda fuera.

Este año el Circo Quimera ha presentado ‘Tropical’ y una vez más, aunque parezca imposible tras siete ediciones a sus espaldas, ha vuelto a superarse. Se apagan las luces y una banda de música cubana brilla en lo alto del escenario poniendo vida en el espacio. Los artistas irrumpen en la pista con bailes y sonrisas contagiosas y estalla la fiesta. A partir de entonces, un ritmo trepidante de números se impone: malabaristas, payasos, magos, trapecistas, acróbatas, bailarines… no hay un sólo segundo en el que uno pierda la atención. Uno de los momentos cumbre (literal y figuradamente) llega cuando se despliega la bandera de Cuba desde lo alto de un mástil de más de 10 metros en el que un artista cubano hace acrobacias inverosímiles. «¡Cuba existe!» parece gritar.

El marino Vital Alsar va contando al público una historia íntima entre un momento adrenalínico y otro. «Me siento muy afortunado por haber podido contar con Vital Alsar en este espectáculo, ha sido muy bello poder compartir con él conversaciones entre ambos lados del Atlántico», comparte Raúl Alegría, obsesionado con la magia desde que se levanta hasta que se acuesta. «La magia es mi vida, no es un trabajo». Ya a los 5 años grababa vídeos de trucos de magia, animado por su padre, aficionado en este arte. Desde entonces hasta llegar a los 25,000 espectadores que asisten a la carpa cada verano «ha habido que remar mucho y fracasar varias veces, pero siempre me decía que si en otros sitios funcionaba ¿por qué no en mi tierra?». Así ha conseguido poner en pie un espectáculo de circo en carpa, un cabaret y la primera edición del Premio Internacional de Circo Hnos. Tonetti.

Para la Gala, que tendrá lugar este domingo 4 de agosto, han sido seleccionados 9 artistas de los cientos que se han presentado al Premio. Entre ellos, Arce López, profesor de circo en el Café de las Artes y artista circense de mástil. Charlando con Arce, uno se da cuenta del esfuerzo y la dedicación que conlleva trabajar con un mástil que viene a ser la pareja, el soporte, el portor y el rival del artista. Arce también comenzó en las artes de calle y circo desde muy temprana edad y se mudó a Francia y al Reino Unido para continuar sus estudios y trabajar en compañías profesionales internacionales. «En España era difícil formarse porque el contexto de circo era todavía frágil, poco a poco va mejorando. El circo exige una infrastructura compleja y hay muy pocos espacios que reúnan las condiciones». Es inevitable hacerse la pregunta de ‘¿por qué todo este esfuerzo?’. Parece claramente una locura elegir esta profesión. «En el circo he aprendido a levantarme, a ser generoso y a esperar. Esperar a curarme, esperar a que te salga el truco, esperar a que te elijan». Quizás no hay un por qué, porque el circo no se elige. Quizás el circo es quien elige a todos aquellos que, de pequeños, soñaban con volar, sostener el mundo entre sus manos o desaparecer objetos y personas y de adultos lo consiguieron.

Vital Alsar, con  sus hazañas de navegación, es también uno de esos héroes de carne y hueso. Desde el Trópico nos enternece con su consejo al final del espectáculo: «¿el secreto de la felicidad? dar lo que uno tiene, dar lo que uno busca, darnos a los demás». Las palabras resuenan en mis oídos al hablar con Raúl Alegría, Arce López o ver a los artistas de Quimera, ya sin su maquillaje ni vestuario, cenando a la puerta de sus caravanas. Los artistas circenses dan su vida por sus sueños y también por los nuestros, porque nos ayudan a volver a creer en ellos.

Marta Romero