Los espectadores tienen la palabra. Inivitamos a amig@s cercan@s a escribir sobre lo que han visto, sobre lo que han sentido después de ver una de las propuestas programadas.

El desnudo de Spanish Peasant

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Ojalá tuviéramos tantas opciones para atesorar como portadas el nuevo disco de Spanish Peasant; ojalá una sonrisa en la boca, un buen colectivo engrasado, unos finales tan potentes y unos inicios tan esperanzadores como los que esta banda nos regala cuando convoca a su oasis musical; ojalá se siga cantando así en tiempos oscuros para que la niebla de caspa totalitaria se convierta en ceniza…

Ojalá todo eso fuera así, o al menos, sonara como la banda sonora que en la noche del sábado 6 de abril impregnó de luz transparente la caja negra de El Café de las Artes, aunque el pesimismo realista de mi mochila haga difícil salir de la trampa del futuro condicional para imaginar un presente perfecto tan imperfecto como la rugosidad del abrazo compartido.

Lo que sí es seguro es que mientras bandas como Spanish Peasant sigan compartiendo lo que atesoran en esta periferia de la industria musical de un país donde es tan raro ser campesino como lo es disfrutar con lo que se hace, mientras eso ocurra, tendremos una oportunidad de ser futuro próximo, presente en potencia, pluralidad conviviente…

Spanish Peasant ha elegido el Café de las Artes para lanzar su cuarto disco y la elección no parece casualidad. Se les sentía en casa. Quizá por eso Nico Rodríguez pudo tocar mostrando calcetines o Javi Lost bromeaba como quien, en el salón de su casa, se permite ser quien es más allá de las máscaras del tiempo pretérito.

El divertimento en retaguardia de Santi Buil, el bajo eléctrico compartido que utilizaba como pivote a David Estébanez, la sonrisa limpia de Gema Martínez… Esta banda es tan compacta como todo aquello compuesto de diversidad… no hace falta ser iguales para ser comunidad, sólo hace falta mirar-pensar al otro, a la otra, para acompasar el ritmo, para transmitir una energía colectiva que es –siempre- mucho más poderosa que la energía individual.

El nuevo trabajo abandona el idioma ajeno para decir lo que hay que decir. Es una especie de desnudo público para que se vea lo que sólo las tripas del idioma propio pueden evidenciar. Quizá no querían que la pereza traductora dejara en los pliegues del entendimiento letras como la de “Ley de la gravedad”, “El traje nuevo del emperador” o “La balada del silencio”. Es como si Spanish Peasant fuera otro Spanish Peasant: la misma música bebida de la ribera de algún río estadounidense tamizada por ese rock que nos regala energía sin tacañería pero con unas letras donde los ojos abiertos a la realidad se han impuesto al espejo volteado hacia el adentro.

Decía Gema Martínez antes de susurrar “La balada del silencio” que “una no se compromete cantando canciones”, que el compromiso es otra cosa. No era momento, en pleno subidón musical, de llevar la contraria a la vocalista, pero está completamente equivocada. El compromiso con la vida y con tu tiempo se pone en juego en cada uno de los instantes de esa vida. Militar en las trincheras fangosas del activismo es una de sus traducciones, pero cuando dejas que el compromiso de pensar y de decir lo impregne todo, incluso la música que te ha servido de refugio ante la realidad, estás entregando un tesoro para que otros se lucren emocional y políticamente de una energía poderosa y transformadora.

Spanish Peasant son como El Café de las Artes: una de esas periferias necesarias, profesionales y delicadas que habitan la periferia –geográfica, política, artística, emocional- para hacerla vivible. El maridaje de ambas proles con su público deja un eco en García Morato, 4 con vocación de raíz del porvenir.

El humor puede ser curvo

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Por Paco Gómez Nadal

El 9 de marzo acontece justo un día después del 8 de marzo. No hay nada curvo en este acontecer limitado, estanco, del tiempo. El 9 de marzo los semáforos están tan serios como justo antes del 8 de marzo. El asfalto contiene su gesto adusto y la noche parece resquebrajarse sólo por el ácido cante gitano de dos hombres de pisada fuerte que salen de una sala de fiestas.

El 9 de marzo hay una señora en silla de ruedas abrigada desde la cerviz hasta la nariz comiendo un sándwich en una terraza aterradoramente solitaria frente a una estación donde pareciera que hace siglos que no llega un tren, aunque en su puerta una joven busca en su teléfono algún recodo al que dirigirse con su pequeña maleta negra: ese minúsculo espacio de teña barata en la que cabe, en realidad todo lo que necesitamos. O no.

Necesitamos algo más que un día y algo más que una maleta con la que huir, y eso es lo que palpita este 9 de marzo. Parece que nada hubiera pasado, que los dignos gritos y las fallas tectónicas que amenazaban con romper todo lo conocido fueran parte del pase de la noche de una película gringa sobre ese apocalipsis que siempre está a punto de ocurrir en las riberas del Hudson.

El 9 de marzo necesitamos seguir creyendo que todo es posible, aunque seamos conscientes de que no lo va a ser. También necesitamos reír. No sonreír -que eso es lo que hacen aquellos que reprimen el grito en el orgasmo o los que aguantan el estornudo por aquello de la  [mala] educación-.

La ciudad fue morada por un instante el 8 de marzo pero es gris en este 9 de marzo, excepto en algunos pliegues de su vestido de normalidad. Uno de esos plisados parece atrincherarse en el Café de las Artes. Marc Rodrigo aparece enfundado en un envoltura gris como gris es la vida en el orden eurocentrado. Cada cosa en su sitio, cada idea en su estante y cada espectador en su silla. Todo como debe ser, como escribe Martín Caparrós sobre esto que nos gusta llamar desarrollo: “El Primer Mundo es voluntad de orden: que cada cosa tenga su lugar, que ese lugar tenga una razón, que esa razón tenga un sentido en un plan general, y que ese orden, esa razón, ese sentido aseguren una vida reparada”.

Pero la vida reparada puede verse levemente alterada. Marc Rodrigo cambia el gris por la sana locura y parece aspirar con resquebrajar el orden con su Filosofía Amena, un cruce de caminos entre el humor absurdo, el talk show, el monólogo, la stand-up comedy y un yo que sé con un cierto punto de posmodernidad que no logra ser contra-Modernidad. ¿Este 9 de marzo logró el artista agrietar nuestras certezas ‘ordenadas’?

Cuando me enfrento a la comedia exitosa nunca sé si el comediante es brillante o el público demasiado fácil; si tenemos tanta necesidad de reír [de forma des-ordenada] o si hay un mago que conoce los resortes que rompen las fajas de la seriedad… No sé, pero el público que atestaba el Café de las Artes rompió sus costuras y eso significa que Marc Rodrigo triunfó. Aseguraba el artista, el clown, el filósofo posmoderno, que al espectáculo le falta rodaje [era la segunda vez que se ponían en la escena de la vida] y quizá sea cierto pero logró que buena parte del público rodara hacia la zona en la que no se controla del todo lo que se piensa tener bajo control. Dudé toda la noche –aún dudo- de si el artista nos hizo reír o se rió de nosotros.

De momento, dos brochazos. Una hora de reloj de tensión escénica provisto básicamente de gestualidad y de guión es un viaje suicida que Marc Rodrigo manejó como si la muerte no pudiera suceder. El clown se dejó ver en muchos momentos y la voz siempre cabalgaba por detrás de una comunicación gestual precisa, provocadora y divertida. El guión podría ser otra cosa, pero funciona y funciona bien. Quiero decir, que ahí es donde está mi duda: ¿el guión buscaba el gazpacho posmoderno de mezclo todo y todo vale para hacer reír sin mucha compliciación? ¿o el guión era una provocación para desnudar esta sociedad del espectáculo en la que nada –ni siquiera la filosofía- puede escaparse de la banalización y de la imprecisión fugaz de los lugares comunes?

Me decanto por la segunda opción, aunque por momentos la butaca me resultara una camisa de fuerza. Rodrigo logró romper las costuras de la risa pero también rompió otras que me parecen mucho más osadas: lanzó preguntas a las que no dio respuesta –un acto cuasi terrorista-, se atrevió a romper con uno de los tabús del individualismo europeo y lo hizo sin contención al tocar, abrazar, besar o atropellar a parte del público (ya saben que en este orden nuestro lo de tocarse sin conocerse es lo más parecido a una agresión), y al convertir el espacio privado del teatro (con el derecho de admisión reservado) en un espacio público y político al escapar de él y conectarlo con la calle donde, sin cuarta pared de salvación ni maquillaje de camuflaje, el ‘mochuelo’ de la filosofía se atrevió a vociferar contra las injusticias y contra este orden de las cosas que tanta seguridad nos da y tanta felicidad nos hurta.

Y, entonces, el triste 9 de marzo se tiñó de potencialidad durante los minutos de desconcierto en los que el público no sabía si aplaudir en plena calle, si gritar con el artista o si esconderse ante la inminente aparición de la policía. El 9 de marzo, algunas vecinas y vecinos de la calle con nombre de héroe golpista condecorado por la dictadura criminal tuvieron que practicar ese viejo deporte de asomarse a la ventana. “Un borracho en calzoncillos anda suelto”, comentaría alguno; “Nada… los del teatro ese…”, pudieron decir otros. Y el público volvió al orden al darse cuenta que todo acabaría pronto, que al aplaudir sería otra vez 9 de marzo y que las cosas –“tranquila, María; tranquilo Serafín”- volverían a su orden.

A las que estamos en ese ejercicio de resistencia de la movilización social no deja de provocarnos cierta alergia que en un espectáculo-comedia se ‘use’ el himno de la CNT o la figura de La Pasionaria, o que una especie de Míster Bean llene de tópicos la noche en la que asegura que “los tópicos son los enemigos de la filosofía”. ¿Tópicos para hacer reír o tópicos para reírse de nosotras? 17 horas y media después de terminar el espectáculo sigo dudando.

A los que estamos en aquello de los libros y de la poesía crítica nos duelen los libros como decoración, la filosofía como disculpa, el gran poema del gran anarquista Jesús Lizano repetido en la pausa seria de la broma intensa… Y sin embargo, ahora creo que me gusta que así sea, que no quede nada en pie en esta pira de humor que tanto necesitamos para tomarnos algo en serio. Si al menos reír nos sirve para despistar al orden y hacer que el 9 de marzo no sea tan 9 de marzo, algo se habría descaminado.

 

Camino después de la risa y ya solo me encuentro con la parca redondez de 16 bicicletas del TUS, de esas que casi nadie usa, con una conductora de autobús simpática con gana de conversa una vez que los cachorros del botellón y del triste coqueteo patriarcal se han bajado en la parada del 9 de marzo, la del tranquilos-todo-puede-seguir-igual, con la ciudad-terraza-de-bar vaciando de consumidores sus estantes… y entonces le agradezco a Marc el instante, la hora en la que parecía que el calendario no había avanzado, el día en que en el Café-Caverna utilizó toda la munición de tópicos posibles alrededor de la filosofía para invitarnos a romper con ellos.

Nada más… que para extender un poco la sensación de que no es 9 de marzo, les regalo el poema de Lizano que parafraseó este filósofo ameno para que al final de un texto sin coordenadas se apunten al humor curvo, a la duda curva, a la revuelta curva:

Crónica 13’35”

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Por Paco Gómez Nadal
Hay veces que el tiempo cobra sentido. No siempre es así. Su uso, tan frívolo, tan irresponsable en la era del todo vale, también puede ser un ejercicio minucioso y tenso en el que cada segundo esté en el lugar preciso provocando un agujero de gusano por el que las emociones ya pueden viajar gracias al atajo creativo. No es fácil que el tiempo nos regale esa oportunidad ¿cósmica?, pero les vengo a hablar de 13’35’’, de 815 segundos en los que el agujero se mantuvo abierto de par en par. Fue aquí, en el Café de las Artes. Una sala de artes escénicas, un cajón negro repleto de público hasta sus límites físicos. Un espectador sentado allá arriba, en el puente desde el que alguien controla la magia de la luz o los bajos de unos bafles. Dos o tres personas más a su lado. Público en el suelo sobre cojines, público evitando la columna que ningún arquitecto imaginó como disrupción escénica, público muy de la danza y público sin etiqueta listo para habitar lo diverso.
Es la fría noche de un sábado 12 de enero calentada por la buena vibra de la buena gente de Reunión en Danza (RED): uno de esos ejemplos de siembra paciente que un par de motores con piernas y corazón arrancan y que, en poquísimo tiempo, da frutos libres de pesticidas y de miserias culturales. Público por todos lados y uno se imagina la sonrisa interior de los organizadores del cuarto RED cuando las entradas ya no son suficientes para reconocer su trabajo. En escena, cinco propuestas de danza contemporánea que tejen una imagen de la diversidad. Y la diversidad es así: maravillosa por lo que tiene de crisol, perturbadora por lo que tiene de desigual. La diversidad –la creativa también- es buena por eso, por ser diversa, aunque no todo lo que contenga nos guste o nos parezca con-sentido o reúna las mismas dosis de calidad, ruptura o emoción que uno le exige a la escena.
La diversidad del 12 de enero estaba clasificada en su mayoría en lo que denominamos como “emergente”, es decir, artistas que empiezan a serlo y que construyen con la ayuda de otros ojos, de otros saberes. Esa es el gran aporte de RED: hay una zona pública de danza que todos podemos ver, pero hay un trabajo en privado con muchos-diversos ojos que ayudan a que lo emergente trascienda a otra etapa, más ‘cerrada’, más necesaria para el público, que no deja de ser otra diversidad de cazadores de segundos imprescindibles que conmuevan, que muevan o que remuevan la somnolencia emocional de la era del simulacro.
La danza contemporánea, en los últimos tiempos, parece en búsqueda de un nuevo planeta que habitar, cuando al final lo mejor es recordar de dónde se procede. Quizá –opinión de lego espectador con algo de danza en la retina- lo performático nos resta tiempo para la danza; quizá la palabra o el gesto actuado nos roba segundos al cuerpo; quizá el planeta de subsistencia para la danza sea el de la danza: el cuerpo trabajado desde la difícil conjunción de técnica-interpetación-emoción… sólo quizá. Algo similar ocurre en territorios de la poesía performática o de algunos recodos de la videocreación: hay un batido de lenguajes muy de la posmodernidad euroocidental que mezcla ingredientes y que no siempre logra un nuevo sabor reconocible.
Hay un quizá en todo y hubo varios quizás en la noche de RED –cuestionado con una frágil contundencia por la coreógrafa y bailarina Melanie López y sus 17 pétalos de honestidad dancística- hasta que Alexandre Fandard elimino las sombras y puso en en escena 13 minutos y 35 segundos de danza contemporánea en estado puro, de discurso sin verbo, de verbo sin palabras, de filosofía sin moraleja, de un ejercicio artístico profundo de esos que provoca el pliegue creativo, el agujero de gusano por el que el público puede despeñarse sin miedo a salir ileso. 13’35’’ de imágenes ya imborrables y de un cuerpo trabajado con disciplina y puesto al servicio de una narrativa escénica sin necesidad de trucos, ni de excesos, ni de atrezo.
Y ya está. Es decir, todo lo contenido en la cuarta edición de RED fue valioso, enriquecedor y prometedor, pero hubo 13’35’’ necesarios. Y cuando el tiempo se llena de lo necesario cuesta recordar con claridad todo lo demás… En eso debería consistir la alquimia de las artes escénicas, de la danza contemporánea en este caso: más allá de los gustos o de los estilos, hay pequeños instantes fundamentales que contienen las preguntas sin respuestas que atormentan a la humanidad pensante. Si uno ha asistido a uno de esos momentos, debería ser capaz de identificarlo.
Si algo me ha cautivado de la danza contemporánea desde hace ya dos décadas de afición es la limpieza de la misma, la capacidad de prescindir de adornos, la renuncia al barroquismo escénico, la posibilidad de golpear en la mandíbula o en el corazón del espectador con el cuerpo no más, la apuesta estética como una forma de ética -como “el asombro ante la existencia”-… Todo ello estaba contenido en “Quelques-uns le demeurent”, la pieza de Fandard, pero habitaba entre múltiples silencios. Parafraseando a María Zambrano, bailar sería, en este caso, “defender la soledad en la que se está” y la soledad sólo es descifrable desde los silencios. “La verdad necesita de un gran vacío, de un silencio donde pueda aposentarse, sin que ninguna otra presencia se entremezcle con la suya, desfigurándola”, escribía la filósofa. Tras pasar por el agujero de gusano abierto anoche en el Café de las Artes, creo que el mérito de Fandard, además de su calidad técnica o de la honestidad intelectual de su coreografía, fue el saber provocar unos inmensos silencios y luego saber habitarlos para así sacarnos de nuestro ensimismamiento. Todo un regalo.

¿Y si no estuviéramos muertos?

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¿Y si no estuviéramos muertos?
Por Paco Gómez Nadal

Es cierto: el cabaret fantástico de El Café de las Artes te hace reír, logra sumergirte en una atmósfera masticable, permite que varias generaciones se amalgamen en la caja negra de García Morato, 4, hace caber el universo en unos pocos metros cuadrados y logra que durante hora y media el mundo exterior –tan hostil, tan lleno de insatisfacción, de abrazos perdidos y de horas mal pagadas- desparezca del alma como en un buen truco de magia.
Todo eso es cierto… pero a mi el cabaret fantástico me provocó anoche muchas preguntas: ¿Y si realmente no estuviéramos muertos?, ¿y si dentro, en algún lugar del adn ancestral, siguiéramos siendo todas niñas y niños?, ¿y si usted o yo pudiéramos deslizarnos por un mástil chino con la facilidad con la que nos lavamos los dientes?, ¿y si sólo nos hiciera falta pintar nuestra cara con una base blanca y sobre ella trazar una sonrisa amarga de payaso para tener la capacidad de empatizar con cualquier ‘otro’?, ¿y si guardamos la memoria de lo que no hemos sido a la espera de una pista de circo, o de una sala de teatro en penumbra en la que desnudar nuestra historia no realizada?
Se podrá decir que no pude relajarme, que estuve pensando en lugar de dejarme llevar por el espectáculo, que mis reflexiones no son más que la constatación de un fracaso artístico o de una pedrada cósmica que tengo alojada en el lóbulo parietal… pero no, créanme, cuando un espectáculo de circo, humor y música genera ese huerto de interrogantes es que ha dado en al diana. Así que déjenme invitarles a traspasar las puertas de la realidad, a mezclarse con los 10 muertos más llenos de vida que se van a encontrar jamás, a entender –en contra de científicos y teóricos del materialismo dialéctico- que el juego, la risa, el llanto y la acrobacia son los cuatro elementos básicos que conforman el universo.
Esta nueva edición del cabaret fantástico es ante todo un viaje, como casi todo lo que merece la pena en la vida. En este viaje por el tiempo y las emociones nos acompañan seres que alguna vez fueron y que sólo vuelven a ser durante el tiempo en que este cabaret está abierto –corran, porque sólo lo estará estos 1 y 2 de diciembre-. No son zombis. Nada que ver. Los 10 personajes construidos por las vivas gentes del Café de las Artes, con la dirección artística de Anthony Mathieu y la iluminación de Flavia Mayans, son la antítesis del mundo-zombi que vivimos. No comen vida, sino que generan vida; no vagan por la tierra purgando su desesperación, sino que sonríen –lloran, que llorar no está prohibido excepto en este mundo de excepcional felicidad envasada- y juegan para celebrar esos minutos del regreso; no representan al capitalismo zombi que aliena y dispersa, sino que convocan a un aquelarre de alegría y buen humor sin valor de intercambio.
El viaje está repleto de buen circo, de música en directo halada por la voz preñada de voces de Alicia Trueba, de acentos diversos, de humor complejo, de invitaciones a la vida, de guiños a esa muerte siempre presente entre los vivos. Y el viaje se hace en compañía. La noche no hubiera sido igual sin la sonrisa del vecino de butaca, sin el desorden del coqueto ambigú del Café de las Artes, sin las caras de felicidad que se dibujaban en el breve descanso en el que la sala es transformada para el segundo asalto, sin la voz de la niña que preguntaba sin pudor sobre lo que ocurría en el escenario cercano: “¿qué hace el payaso?”. Y el payaso hacía lo que el resto de sus 9 compañeros y compañeras: componer con cuidado y poco a poco una historia mínima que –por las preguntas que me provocó- creo que era una historia máxima.
No sé si el colectivo que armó esta bendita y breve locura es consciente –imagino que sí-, pero donde se producía un gag yo también vi metáforas sobre el significado de estar muerto en vida, donde las voces parecían ser sólo comprendidas por los actores y actrices yo escuchaba el lenguaje universal de la diversidad, donde el acordeón o el clarinete daban la nota para marcar el tiempo o para resaltar un número yo sentía una mano en la que confiar para acompañar el viaje de mis iguales por las dudas o, quizá, por algunas certidumbres.
La música invoca a la música y recuerdo a Canta Mercedes Sosa erizaba la piel al cantar: “Cuando yo te abrazo, no te abrazo sola, te abraza conmigo una eternidad” y anoche, en el cabaret fantástico, yo sentí que no podré estar solo nunca más, sino que viajan conmigo la eternidad, los ancestros, la historia viva del circo, la música de todos los tiempos y lugares, las sonrisas de todas las edades y en todos los idiomas, la posibilidad de soñar más allá de lo permitido, el niño que no pude llegar a ser y que siempre espera un desliz, un cabaret fantástico quizá, para salir de paseo sin destino sobre una suave nube para transitar este momento de la historia tan áspero, tan poco fantástico.

Los héroes de verdad no tienen público

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Los héroes de verdad no tienen público

Por Paco Gomez Nadal
Hay un cierto afuera tranquilizante. Se construye poco a poco… ese informativo de televisión que pone afuera todo lo inseguro, lo intranquilizador, lo ‘desagradable’; ese post en redes sociales que habla del caos ‘externo’, siempre ‘externo’; esta escuela donde se fabrica un abismo entre el ‘nosotras’ y el ‘ellas’; esa radical línea abismal (De Sousa Santos dixit) que nos clasifica en “humanos” –‘nosotras’- y subhumanos –‘ellas’- (Frantz Fanon dixit); este racismo con el que conjugamos, aún sin saberlo, el verbo “convivir”…
El afuera casi siempre empieza dentro y, a veces, muy pocas veces, hay personas que tienden puentes para que el afuera irrumpa en nuestro cuerpo, en nuestra conciencia, incluso en nuestra ciudad repleta de ‘adentro’, de ‘seguridad’, de ‘tranquilidad’, de ‘agradables’ experiencias al pie de una bahía por la que no cruzan pateras pero desde donde salen barcos que algunos ‘subhumanos’ tratan de abordar saltando una valla que para las autoridades es demasiado baja.
El colectivo teatral Mos Maiorum ha construido un puente amenazante -imprescindible, preñado de humanidad- que ha fijado su extremo temporal en el Café de las Artes. Teatro que no es teatro o el teatro más teatral que exista…. Eso es el espectáculo sin espectáculo de Mos Mairoum: teatro documental que reproduce o canaliza (“somos como médiums”, explicaba al terminar la obra una de sus actrices) las voces de decenas de personas reales que conforman la macabra escenografía de la vergonzante valla de Melilla que separa desde el territorio-vestigio colonial el confortable ‘adentro’ de Europa del anhelante ‘afuera’ de África.
Mos Maiorum hace una doble presentación de su obra en Santander, pero aquí está la inquietante reseña de la primera, acontecida un viernes en la noche, mientras el buen clima hacía rebosar terrazas y espacios del ‘adentro’: cinco personas conforman público y generan un vacío abigarrado en el que no cabe el público ausente para escuchar-vivenciar la experiencia de los ‘nadie’. Pero las cinco se suman a las tres personas que actúan y a las tres del Café de las Artes que se deslizan al espacio y juntas conforman un inmenso ejército civil de resistentes. Si, como escribe el poeta francés Jacques Ancet, “nunca nos relacionamos con las cosas tal y como ellas son, sino tal y como las construimos”, anoche se construyó un relato necesario y se comenzó a destruir la ‘valla’ metafórica que nos aisla.
Una de las voces que reproducen los tres actores corales de Mos Maiorum es la de Fernando, un malagueño del colectivo Frontera Sur… y Fernando relata cómo un migrante subsahariano se sorprendía de que no fueran recibidos como héroes al llegar a nuestras concertinas o a nuestras playas –a la hora en la que los turistas duermen-. ¿Qué son los migrantes que se agolpan en Marruecos sino odiseos contemporáneos, o sísifos a los que Europa vuelve a cargar sobre la espalda la piedra de la inhumanidad cuando están rozando la cima de su colina? No. No hay público para los héroes de carne y hueso, para los héroes del ‘afuera’. Mientras a 3.200 metros la sala de un cine recibe a cientos de personas para ver la fantasía distópica de un superhéroe de la factoría de Márvel, la realidad del ‘afuera’ real no atrae a las masas.
Es cierto que es más fácil poner un comentario contra la valla de Melilla en Facebook que escuchar el crudo relato plagado de matices que interpela en el Café de las Artes, pero también es cierto es que para volver-a-ser-humanos hay que transitar por el puente tendido por Mos Maiorum.
La cosa es así… el colectivo teatral catalán no obliga a “participar”, sino que invita a “estar” en el escenario del ‘afuera’, ese que vemos pasar normalmente en crónicas de un minuto y medio. Sin trucos escondidos, tres actores utilizan una técnica de teatro documental para reproducir con exactitud y precisión los testimonios de las personas entrevistadas durante un trabajo de campo que los llevó a uno y otro lado de la valla. Hablan personajes que nos suenan de las noticias, y hablan aquellos que nunca nos sonarán de las noticias. Para el público, un primer impacto: la vertiginosa capacidad de cambio de registro de las dos actrices y el actor que se desplazan entre el público… acentos, gestualidad, respiración…
Hay una normalidad perturbadora en este documental teatralizado y hay un impacto que se construye minuto a minuto, con calma. El espectador-ciudadano no se da cuenta que está envuelto en el ‘afuera’ hasta que ya es demasiado tarde para desconectar; el ciudadano-espectador no es consciente de que el ‘afuera’ es el ‘adentro’ hasta que duda de su papel en esta obra a la que por primera vez ha sido invitado. Los héroes y heroínas de Gambia, de Senegal o de Marruecos se confunden con los héroes de Ceuta, de Málaga o de Barcelona. No es Europa territorio para complacencias cuando elegimos el confortable ‘afuera’ antes que viajar en masa a tumbar las vallas de la vergüenza.
Mos Maiorum significa “la costumbre de los ancestros” y ellos, los ancestros, solían juntarse al caer el sol a compartir relatos, enseñanzas y preguntas. Todavía tienen tiempo de asistir esta noche a este aquelarre de realidad bien contada sabiendo que no van a ser regañados –ni engañados-, que no van a ser invitados a participar de un performance, que no van a vivir una experiencia postmoderna bañada de fuegos artificiales. Con suerte, si asisten desprovistos de prejuicios, van a compartir un buen rato con héroes de verdad y van a tomarle el gusto a los puentes que nos conectan con el ‘afuera’. Y, de regalo, van a presenciar un trabajo muy profesional, bien hilvanado y cargado de honestidad teatral. ¿Qué más?