Por Paco Gómez Nadal

El 9 de marzo acontece justo un día después del 8 de marzo. No hay nada curvo en este acontecer limitado, estanco, del tiempo. El 9 de marzo los semáforos están tan serios como justo antes del 8 de marzo. El asfalto contiene su gesto adusto y la noche parece resquebrajarse sólo por el ácido cante gitano de dos hombres de pisada fuerte que salen de una sala de fiestas.

El 9 de marzo hay una señora en silla de ruedas abrigada desde la cerviz hasta la nariz comiendo un sándwich en una terraza aterradoramente solitaria frente a una estación donde pareciera que hace siglos que no llega un tren, aunque en su puerta una joven busca en su teléfono algún recodo al que dirigirse con su pequeña maleta negra: ese minúsculo espacio de teña barata en la que cabe, en realidad todo lo que necesitamos. O no.

Necesitamos algo más que un día y algo más que una maleta con la que huir, y eso es lo que palpita este 9 de marzo. Parece que nada hubiera pasado, que los dignos gritos y las fallas tectónicas que amenazaban con romper todo lo conocido fueran parte del pase de la noche de una película gringa sobre ese apocalipsis que siempre está a punto de ocurrir en las riberas del Hudson.

El 9 de marzo necesitamos seguir creyendo que todo es posible, aunque seamos conscientes de que no lo va a ser. También necesitamos reír. No sonreír -que eso es lo que hacen aquellos que reprimen el grito en el orgasmo o los que aguantan el estornudo por aquello de la  [mala] educación-.

La ciudad fue morada por un instante el 8 de marzo pero es gris en este 9 de marzo, excepto en algunos pliegues de su vestido de normalidad. Uno de esos plisados parece atrincherarse en el Café de las Artes. Marc Rodrigo aparece enfundado en un envoltura gris como gris es la vida en el orden eurocentrado. Cada cosa en su sitio, cada idea en su estante y cada espectador en su silla. Todo como debe ser, como escribe Martín Caparrós sobre esto que nos gusta llamar desarrollo: “El Primer Mundo es voluntad de orden: que cada cosa tenga su lugar, que ese lugar tenga una razón, que esa razón tenga un sentido en un plan general, y que ese orden, esa razón, ese sentido aseguren una vida reparada”.

Pero la vida reparada puede verse levemente alterada. Marc Rodrigo cambia el gris por la sana locura y parece aspirar con resquebrajar el orden con su Filosofía Amena, un cruce de caminos entre el humor absurdo, el talk show, el monólogo, la stand-up comedy y un yo que sé con un cierto punto de posmodernidad que no logra ser contra-Modernidad. ¿Este 9 de marzo logró el artista agrietar nuestras certezas ‘ordenadas’?

Cuando me enfrento a la comedia exitosa nunca sé si el comediante es brillante o el público demasiado fácil; si tenemos tanta necesidad de reír [de forma des-ordenada] o si hay un mago que conoce los resortes que rompen las fajas de la seriedad… No sé, pero el público que atestaba el Café de las Artes rompió sus costuras y eso significa que Marc Rodrigo triunfó. Aseguraba el artista, el clown, el filósofo posmoderno, que al espectáculo le falta rodaje [era la segunda vez que se ponían en la escena de la vida] y quizá sea cierto pero logró que buena parte del público rodara hacia la zona en la que no se controla del todo lo que se piensa tener bajo control. Dudé toda la noche –aún dudo- de si el artista nos hizo reír o se rió de nosotros.

De momento, dos brochazos. Una hora de reloj de tensión escénica provisto básicamente de gestualidad y de guión es un viaje suicida que Marc Rodrigo manejó como si la muerte no pudiera suceder. El clown se dejó ver en muchos momentos y la voz siempre cabalgaba por detrás de una comunicación gestual precisa, provocadora y divertida. El guión podría ser otra cosa, pero funciona y funciona bien. Quiero decir, que ahí es donde está mi duda: ¿el guión buscaba el gazpacho posmoderno de mezclo todo y todo vale para hacer reír sin mucha compliciación? ¿o el guión era una provocación para desnudar esta sociedad del espectáculo en la que nada –ni siquiera la filosofía- puede escaparse de la banalización y de la imprecisión fugaz de los lugares comunes?

Me decanto por la segunda opción, aunque por momentos la butaca me resultara una camisa de fuerza. Rodrigo logró romper las costuras de la risa pero también rompió otras que me parecen mucho más osadas: lanzó preguntas a las que no dio respuesta –un acto cuasi terrorista-, se atrevió a romper con uno de los tabús del individualismo europeo y lo hizo sin contención al tocar, abrazar, besar o atropellar a parte del público (ya saben que en este orden nuestro lo de tocarse sin conocerse es lo más parecido a una agresión), y al convertir el espacio privado del teatro (con el derecho de admisión reservado) en un espacio público y político al escapar de él y conectarlo con la calle donde, sin cuarta pared de salvación ni maquillaje de camuflaje, el ‘mochuelo’ de la filosofía se atrevió a vociferar contra las injusticias y contra este orden de las cosas que tanta seguridad nos da y tanta felicidad nos hurta.

Y, entonces, el triste 9 de marzo se tiñó de potencialidad durante los minutos de desconcierto en los que el público no sabía si aplaudir en plena calle, si gritar con el artista o si esconderse ante la inminente aparición de la policía. El 9 de marzo, algunas vecinas y vecinos de la calle con nombre de héroe golpista condecorado por la dictadura criminal tuvieron que practicar ese viejo deporte de asomarse a la ventana. “Un borracho en calzoncillos anda suelto”, comentaría alguno; “Nada… los del teatro ese…”, pudieron decir otros. Y el público volvió al orden al darse cuenta que todo acabaría pronto, que al aplaudir sería otra vez 9 de marzo y que las cosas –“tranquila, María; tranquilo Serafín”- volverían a su orden.

A las que estamos en ese ejercicio de resistencia de la movilización social no deja de provocarnos cierta alergia que en un espectáculo-comedia se ‘use’ el himno de la CNT o la figura de La Pasionaria, o que una especie de Míster Bean llene de tópicos la noche en la que asegura que “los tópicos son los enemigos de la filosofía”. ¿Tópicos para hacer reír o tópicos para reírse de nosotras? 17 horas y media después de terminar el espectáculo sigo dudando.

A los que estamos en aquello de los libros y de la poesía crítica nos duelen los libros como decoración, la filosofía como disculpa, el gran poema del gran anarquista Jesús Lizano repetido en la pausa seria de la broma intensa… Y sin embargo, ahora creo que me gusta que así sea, que no quede nada en pie en esta pira de humor que tanto necesitamos para tomarnos algo en serio. Si al menos reír nos sirve para despistar al orden y hacer que el 9 de marzo no sea tan 9 de marzo, algo se habría descaminado.

 

Camino después de la risa y ya solo me encuentro con la parca redondez de 16 bicicletas del TUS, de esas que casi nadie usa, con una conductora de autobús simpática con gana de conversa una vez que los cachorros del botellón y del triste coqueteo patriarcal se han bajado en la parada del 9 de marzo, la del tranquilos-todo-puede-seguir-igual, con la ciudad-terraza-de-bar vaciando de consumidores sus estantes… y entonces le agradezco a Marc el instante, la hora en la que parecía que el calendario no había avanzado, el día en que en el Café-Caverna utilizó toda la munición de tópicos posibles alrededor de la filosofía para invitarnos a romper con ellos.

Nada más… que para extender un poco la sensación de que no es 9 de marzo, les regalo el poema de Lizano que parafraseó este filósofo ameno para que al final de un texto sin coordenadas se apunten al humor curvo, a la duda curva, a la revuelta curva: